Sobre la lista de lecturas que publiqué hará unas cuatro de semanas, una apreciadísima colega me comentó: “En mi experiencia a los adolescentes con darles una lista de lectura no se va a lograr nada; posiblemente quede sepultada por su ropa, sus discos, más ropa y algún par de zapatos, mientras ellos miran la tele. La cosa es estimularlos a leer, algo que los enganche, y después se verá”.
Me dijo que una hija suya, que ahora tiene 20 años, recibió encantada un regalo de unos amigos chilenos: unos libros supuestamente para niños, de la colección Papelucho, que fueron escritos hace como 50 años, pero son absolutamente deliciosos. “Yo”, dice mi colega, “me devoré Papelucho misionero y disfruté cómo esta señora se pone en la mente de un niño, dentro de una familia cristiana y con muy buena onda. Hace poco casi que la obligué a leer Un viejo que leía novelas de amor, de Sepúlveda, y le encantó”.
De su segunda hija, que tiene 18, dice que se enganchó en la lectura hace años con el Relato de un náufrago, de G. Márquez.
Se los paso al costo.

