Se le atribuye al emprendedor escocés-estadounidense Alexander Graham Bell la invención del teléfono. Hay buenas razones para suponer que el mérito corresponde al italiano Antonio Meucci. Como sea, mi poemita festivo se refiere más al amor que a la invención.
Se llenan mis orejas,
Alexander, de música y contento,
cuando rompen las rejas
de larga espera y siento
las notas de tu espléndido instrumento,
cual campanitas viejas
de tono familiar y dulce acento,
bálsamo a mis quejas,
seguro linimento,
de alongada esperanza el alimento.
Que zumben las abejas
y trinen de la aurora en el momento
las aves azulejas
que en fino movimiento
cortan el frío gris del elemento.
Mas yo, si tú me dejas,
prefiero el retintín alharaquiento:
lo oigo, alzo las cejas,
veloz corro a tu invento,
levanto la bocina sin aliento…
¡O famoso campeón de las parejas,
acepta aquí mi humilde monumento!

