Fuentes web
Entradas
Comentarios

Denial

Llevo treinta años fumando y no me ha pasado nada, más que un poco de tos, que el médico dice que es cáncer pero ¡qué cáncer ni qué pan caliente! Yo no le creo, porque ya sabes cómo son los médicos: siempre exageran para sacarle dinero a uno.

El tipo que me dijo esto falleció como a los dos años, de cáncer. Fue apenas en los últimos meses de su vida que acudió al hospital para que le vieran la tos.

Más o menos así andan en estos momentos muchos de mis compatriotas mexicanos. Que lo de la influenza es puro show del gobierno con quién sabe qué fines aviesos (conseguir un grueso préstamo de Obama, dicen algunos); que el gobierno exageró para adornarse y desviar la atención de (escriba aquí la causa favorita del argumentante); que el gobierno siempre miente (afirmación fundada en lo mismo que las anteriores); etc.

Imposible debatir con esos amigos. Me recuerdan al loco que nos pinta Chesterton en Ortodoxia, convencido de que había una conspiración en su contra. Cualquier elemento de la realidad que se le ofreciera para tratar de sacarlo de su error él lo convertía en otra prueba más de la conspiración.

El canceroso aquél, por supuesto, no quería dejar de fumar, pero su histeria no nacía de esto, sino de tener que aceptar el hecho espantoso de que el cáncer se lo estaba comiendo.

La mayoría de la gente sencillamente quisiera continuar su vida normal, con sus trabajos y alegrías, con sus hábitos y, si se quiere, sus vicios. Mejorar, tal vez. Pero no es la necesidad de alterar nuestras pautas de comportamiento lo que provoca esta negación histérica de la realidad. Es la naturaleza de la amenaza, un mal que, si no se le hace frente, podría quizá cobrar millones de vidas.

El horror es demasiado grande para tolerarlo.

De ahí el deseo de algunos de que todo sea un embuste urdido por el gobierno o por la Organización Mundial de la Salud o por quien sea, y que mañana alguien venga a decirnos que todo esto no es cierto, que el brote de influenza fue una farsa y que podemos respirar tranquilos. Que alguien nos diga: no tienes cáncer, es nada más una tos.

Sobre las listas de lectura

Sobre la lista de lecturas que publiqué hará unas cuatro de semanas, una apreciadísima colega me comentó: “En mi experiencia a los adolescentes con darles una lista de lectura no se va a lograr nada; posiblemente quede sepultada por su ropa, sus discos, más ropa y algún par de zapatos, mientras ellos miran la tele. La cosa es estimularlos a leer, algo que los enganche, y después se verá”.

Me dijo que una hija suya, que ahora tiene 20 años, recibió encantada un regalo de unos amigos chilenos: unos libros supuestamente para niños, de la colección Papelucho, que fueron escritos hace como 50 años, pero son absolutamente deliciosos. “Yo”, dice mi colega, “me devoré Papelucho misionero y disfruté cómo esta señora se pone en la mente de un niño, dentro de una familia cristiana y con muy buena onda. Hace poco casi que la obligué a leer Un viejo que leía novelas de amor, de Sepúlveda, y le encantó”.

De su segunda hija, que tiene 18, dice que se enganchó en la lectura hace años con el Relato de un náufrago, de G. Márquez.

Se los paso al costo.

Agua

Leonardo da Vinci estudió por muchos años el movimiento del agua y dejó muchos dibujos de precisión estroboscópica. Inspirado en varios de ellos escribí este sonetito.

Fluyendo en remolinos dulcemente

se arrolla en espirales cristalinas,

se trenza en transparentes serpentinas,

semejante a sí misma, y diferente.

 

Golpea las arenas rudamente

con su puño de ondas que germina

en mil dedos de espuma coralina

por rasgar la barrera continente.

 

En sí misma por siempre contenida,

en la intensa borrasca o en la calma,

acrece desde dentro su medida,

 

un vigor a otro vigor empalma,

y es, más que la plata rebruñida,

espejo y parangón de nuestra alma.

Más libros

El amigo que me pidió la lista de lectura para su hija adolescente me preguntó si la misma lista le serviría a su otra hija, casi cuatro años menor. Lo más básico, es decir, los Evangelios, el Quijote, muchos de los poemas de Quevedo, sor Juana, etc, claro que sí. Sófocles y Esquilo, tal vez. Bradbury y Franklin, sin duda.

Pero antes de vérselas con los Diálogos de Platón, por ejemplo, una persona de once o doce años se encontrará probablemente más cómoda con libros como el delicioso Platero y yo de Juán Ramón Jiménez, las formidables novelas de Julio Verne, los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga o el Diario de Ana Frank. Y sin duda, si no lo ha leído, hay que darle El principito de Saint-Exupéry.

Yo también le ofrecería los libros de Louisa May Alcott; no sólo sus famosas Mujercitas, sino también Eight Cousins, Jo’s Boys y Rose in Bloom. (Doy estos títulos en inglés porque en este momento no recuerdo cómo titularon las traducciones o si realmente se han publicado en español.)

Hablando de lo cual, hay dos libros que de plano nunca he visto impresos en español y que son excelente lectura para jovencitos (y no tan jovencitos). El primero es The Door in the Wall, de Marguerite de Angeli. El otro es The Princess and the Goblin, de George MacDonald. Si alguien sabe que se han traducido, le agradeceré me lo haga saber.
Hay más pero con eso basta por ahora.

Lista de lectura

Hace poco un conocido me pidió que le recomendara una lista de lecturas fundamentales para su hija adolescente. Consultas parecidas me han hecho tres o cuatro veces en mi vida y, aunque no recuerdo los detalles, estoy seguro de que la primera ocasión, hará unos veinte años, mi respuesta fue muy diferente a la que doy ahora.

Hay muchas listas de lectura, algunas tan largas que desalientan y otras tan cortas que recuerdan la advertencia de Santo Tomás de Aquino: cave ab homine unius libri. Procuraré no caer en ninguno de los dos extremos.

Para empezar, a cualquiera le beneficia releer regularmente la Biblia (los Evangelios en particular), el Quijote y la Divina Comedia, así como los poemarios de Petrarca, Shakespeare, Quevedo, fray Luís de León y Sor Juana Inés de la Cruz (para mencionar a algunos de mis poetas favoritos). Si por un tiempo no puede uno leer otra cosa, con esto se mantiene vivo.

Sobre ese sustrato yo añadiría una docena de libros o autores representativos de la tradición intelectual de Occidente:

  • Sófocles, en particular su ciclo de Edipo.
  • Esquilo, en particular el Prometeo encadenado.
  • Los diálogos de Platón, en particular la Apología de Sócrates.
  • Las Meditaciones de Marco Aurelio (con el Manual de Epicteto).
  • Las Confesiones de San Agustín.
  • La Consolación de la filosofía de Boecio.
  • La Imitación de Cristo de Kempis.
  • El príncipe de Maquiavelo.
  • La Utopía de Santo Tomás Moro.
  • El teatro entero de Shakespeare, en especial el Hamlet y El mercader de Venecia.
  • La vida es sueño de Calderón de la Barca.
  • La Autobiografía de Benjamín Franklin.

Recomendaría a continuación algunas obras de variado género que me dieron especial placer cuando las leí. Unas son famosas y otras no tanto. Sencillamente a mí me gustaron y, creo, me dejaron algo valioso.

  • De Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver.
  • De C. S. Lewis, sus Crónicas de Narnia.
  • De Chesterton, Ortodoxia.
  • De B. Traven, El barco de los muertos.
  • De Ray Bradbury, El vino del estío y Fahrenheit 451.
  • De Jeanne Bendick, Archimedes and the door of science (que ignoro si se ha publicado en español, aunque yo traduje por gusto los cuatro primeros capítulos).
  • De George Orwell, La granja de los animales.
  • De Lewis Thomas, La medusa y el caracol, así como sus Reflexiones nocturnas.

Y para terminar, añadiría yo a esta exigua muestra varias colecciones de narraciones cortas. La obra de los buenos cuentistas es, a mi modo de ver, enormemente enriquecedora del espíritu. Sugiero los Cuentos de Canterbury de Chaucer, el Decamerón de Bocaccio, el Libro de los ejemplos del Conde Lucanor del infante don Juan Manuel, los cuentos de los hermanos Grimm (como los escribieron ellos), El aleph de Jorge Luis Borges, y la Canasta de cuentos mexicanos de Traven.

Con eso hay para rato.

Se le atribuye al emprendedor escocés-estadounidense Alexander Graham Bell la invención del teléfono. Hay buenas razones para suponer que el mérito corresponde al italiano Antonio Meucci. Como sea, mi poemita festivo se refiere más al amor que a la invención.

Se llenan mis orejas,
Alexander, de música y contento,
cuando rompen las rejas
de larga espera y siento
las notas de tu espléndido instrumento,

cual campanitas viejas
de tono familiar y dulce acento,
bálsamo a mis quejas,
seguro linimento,
de alongada esperanza el alimento.

Que zumben las abejas
y trinen de la aurora en el momento
las aves azulejas
que en fino movimiento
cortan el frío gris del elemento.

Mas yo, si tú me dejas,
prefiero el retintín alharaquiento:
lo oigo, alzo las cejas,
veloz corro a tu invento,
levanto la bocina sin aliento…

¡O famoso campeón de las parejas,
acepta aquí mi humilde monumento!